Rodolfo era un niño diferente. De pequeño,
asistía a la escuela sólo a la hora del recreo pues,
según dice, lo aburrían las niñas —él era el único
varón del centro—, la pintura y la caligrafía. Lo suyo
era la geometría. Pero a pesar de sus ausencias y de
su aparente falta de interés, nunca reprobó ninguna
asignatura.
Su infancia fue normal en lo que al entorno
familiar se refiere, aunque eso no impidió que
Rodolfo tuviera costumbres extrañas para su edad.
Le gustaba leer el Quijote, así como obras de
Dostoievski y Pushkin, además de relajarse
escuchando a compositores clásicos como Stravinsky,
Bach y Mozart.
Después estudió medicina en la Pontificia
Universidad Javeriana de Bogotá. Con la carrera
terminada y tras ser ayudante de cátedra de
Neurofísica en la Universidad Nacional de Colombia,
a Llinás le llegó el momento de abandonar el nido y
comunicó a sus padres que quería conocer lo que se
movía en Europa en términos científicos. Su interés
por la ciencia le abrió puertas en Suiza, Francia,
Alemania, Suecia y España, donde trabajó con
expertos en su campo.
En 1961 obtuvo una beca de investigación de
la Universidad de Harvard y llegó hasta Montreal
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Rodolfo Llinás
- Ciencia
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