Su padre murió cuando tenía tres años y su madre,
seis años después. Sin embargo, fue criado por una
maravillosa mujer negra llamada Hipólita que lo
quiso como a un hijo.
Sin haber asistido a una academia militar, fue un
estratega genial y supo planear las batallas en todo
detalle. El Cruce de los Andes, que he relatado, tuvo lugar
en mayo de 1819, cuando Simón Bolívar tenía 36 años.
Sus soldados también eran jóvenes, pero no estaban
acostumbrados a los helados páramos de las montañas,
a más de 14,000 pies de altura. A pesar de las penurias,
cruzaron los Andes y lograron la independencia de sus
hermanos colombianos, ecuatorianos y peruanos en una
hazaña nunca antes realizada.
El Libertador amaba a los animales. Tuvo dos
mascotas entrañables: el caballo Palomo Blanco,
nacido en una de sus haciendas, y el perro Nevado,
que le regalaron en el pueblo de Mucuchíes. Con ellos
a su lado, participó tanto del peligro de la guerra
como de la alegría de los festejos. Al entrar a las
ciudades liberadas más de una corona de flores cayó
al paso de El Libertador, Palomo Blanco y Nevado.
Simón Bolívar murió de tuberculosis a los 47 años en
una finca en Santa Marta, Colombia, en 1830. Ese mismo
año, su sueño de La Gran Colombia se desintegró.