Don Quijote de la Mancha I

Miguel de Cervantes 13 armadura a don Quijote. Después de mucho trabajo, no consiguie- ron sacarle el casco de la cabeza a nuestro caballero, así que se quedó con él puesto toda la noche. Don Quijote pensaba que aquellas mozas eran dos importantes damas del castillo y les dijo muy elegante: –«Nunca hubo caballero de damas tan bien servido como lo fue don Quijote cuando de su aldea 39 vino: doncellas cuidaban de él, princesas, de su rocino» 40 , o Rocinante, señoras mías, porque este es el nombre de mi caba- llo, y don Quijote de la Mancha es el mío. Pusieron la mesa a la puerta de la venta y le trajeron a nuestro hidalgo un plato de bacalao mal preparado con un pan tan negro y sucio como sus armas. Era gracioso ver comer al pobre don Quijote. Con aquel casco, no podía meterse nada en la boca sin la ayuda de las dos mozas. Tampoco podía beber y tuvieron que usar una caña 41 para conducir el vino hasta sus labios. Mientras todo esto ocurría, llegó a la venta un castrador 42 de cer- dos que tocó cuatro o cinco veces su silbato 43 . Para don Quijote todo estaba ya claro: aquello era la música que acompañaba al buen pescado y al pan blanco. Las dos mozas para él eran damas y el ven- tero era el señor del castillo. Pero a don Quijote le preocupaba mucho no ser armado caballe- ro. Por eso, cuando terminó la cena, llamó al ventero y se metió con él en la cuadra. Luego, se puso de rodillas 44 delante de él y le dijo: –No me levanto de aquí, valiente caballero, si no sé que me vais a dar lo que os pido.

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