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mejor y que quizá un poco de alimento le haría bien. Se fijó
en unas palmas que crecían cerca de allí y —con mucho
cuidado, para no ser presa de otro animal— el chorongo se
acercó y cortó unos cuantos frutos. Una martucha que se
hallaba cerca se asustó y echó a correr. El monito regresó
donde yacía su madre y puso sobre su boca los tiernos bro-
tes que estaban mojados por la lluvia. Ella primero los olió
cuidadosamente y luego abrió su boca grande de dientes
fuertes. Al principio parecía que le costaba trabajo masti-
car, pero luego lo hizo con más facilidad hasta terminar con
todo. Bubú saltaba de contento al ver que su mamá estaba
bien de nuevo.
Con un poco de dificultad, la gran mona se puso de pie
y, agachándose, hizo una señal para que Bubú se subiera
a su espalda. Luego, agarrándose de una rama, se impulsó
hacia arriba. Afortunadamente, la herida no había sido pro-
funda y con el alimento le volvieron las fuerzas.
El sol empezaba a salir mojado y amarillento.
—Mira, mira, mami, ya nace el sol —exclamó Bubú.
El monito se subió hasta la copa del árbol de ceibo y
desde allí, mirando al cielo, gritó feliz:
—Es un día más, mami, los dos tenemos un día más...