32
100
Tatú se fijó en unas enormes hormigas que bajaban y subían
de un árbol; cargaban pedazos de hojas cortadas de una enre-
dadera de flores moradas y las llevaban a su hormiguero. A
Tatú se le hizo agua la boca. ¡Qué deliciosas se veían!
Buscó el hormiguero, abrió una brecha con sus uñas
e introdujo su lengua larga y pegajosa. El pánico cun-
dió entre las hormigas que corrían tratando de salvarse.
Mmmm, estaban ricas como él había pensado.
Como el bocadillo le dio sed se fue al río. Caminaba
despacio porque no tenía ninguna prisa, todo le sorprendía
y le parecía novedoso. Era tan joven que lo poco que cono-
cía del mundo era a través de las historias que el abuelo
les contara a él y a sus hermanos, cuando vivían juntos en
su antigua madriguera. Tatú deseaba volver a encontrar un
lugar tan cómodo y bonito como aquél. No sabían dónde
quedaba el nuevo bosque que buscaban, pero el abue-
lo había dicho que el Gran Espíritu de los armadillos los
guiaría hasta allá.
Tatú se sentía preocupado. Ya llevaban muchísimas
noches de viaje sin haber visto a nadie que se asemejara ni
siquiera remotamente al Gran Espíritu. Claro que de todos
modos iba a ser difícil reconocerlo, porque no sabía qué
aspecto tenía.
Una vez en el río, Tatú sintió ganas de cruzar al otro
lado. Era la primera vez que intentaría ir por el agua y sen-
tía un poquito de miedo. Trató de recordar lo que su papá