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—Mira, papá, el armadillo se acercó donde mí y pare-
ce que no me tiene miedo —se sorprendió el niño.
—Oye, ese debe ser el mismo que casi me mata del
susto cuando saltó a mis pies —repuso el papá.
Rápidamente el hombre agarró a Tatú con sus dos
manos por la coraza y se lo enseñó al niño, quien sonrió
feliz de ver tan de cerca a este raro animal.
Cuando Tatú sintió que el Gran Espíritu Grande lo
alzaba en vilo cerró los ojos. Al abrirlos se encontró muy
cerca del rostro del Gran Espíritu Pequeño que le enseña-
ba todos sus dientes. El armadillo volvió a cerrar sus ojos
aterrado. Poco a poco los abrió de nuevo... El Gran Espíritu
Pequeño no lo había mordido, a pesar de que seguía ense-
ñándole los dientes y, más bien, en sus ojos había una
expresión que a Tatú le gustó mucho.
—¿Estará enfermo? —se preguntó el hombre.
—No quisiera que le pasara nada malo, papá —excla-
mó el niño—. Imagínate si lo cazan para convertirlo en un
charango. ¿Podemos ayudarlo?
El padre meditó por un momento.
—Creo que lo mejor es obligarlo a irse al otro lado del
bosque, donde estará protegido —dijo poniéndolo de nuevo
en el suelo y empujándolo suavemente con una de sus botas.
En ese momento Tatú lo vio todo claro, clarísimo: el
Gran Espíritu Grande quería que lo llevara hasta donde
estaba su familia, así que se puso en marcha regresando
LITERARY TEXT
UN DÍA MÁS Y OTRAS HISTORIAS