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de nuevo por el mismo lugar. Flotó por el agua del río,
cosa que deleitó al hombre y al niño, caminó junto al árbol
de las hormigas —esta vez sin detenerse— y llegó hasta
el lugar donde su familia había excavado el hueco en
la tierra. Metió la cabeza y llamó a su papá, pero no lo
encontró, ni a él ni a sus hermanitos ni al abuelo ni al tío
solterón. ¡No había nadie!
Tatú se sintió desconsolado. Estaba seguro de que no se
marcharían sin él y tampoco viajarían durante el día.
—Mira, papá, parece que busca algo en ese agujero
—dijo el niño agachándose para mirar—. La tierra ha sido
excavada recientemente y hay huellas de más de un arma-
dillo. Me pregunto qué se hicieron los otros.
—También hay huellas de pies que van por este cami-
no; sigámoslas, quizás alguien vio a los armadillos por aquí
—sugirió el papá.
Tatú, que ya se sentía cansado, se metió en el agujero.
El hombre y el niño se fueron por el sendero, siguiendo las
huellas que los condujeron al río. Dentro de una canoa, dos
hombres acomodaban unos bultos grandes, que resultaron
ser la familia del armadillo.
El padre y el niño no necesitaron hacer muchas pre-
guntas, porque los hombres conversaban muy contentos
sobre la buena suerte que habían tenido al encontrarse con
los armadillos. Los habían agarrado dormidos y, sin darles
tiempo a huir, les amarraron las patas para que no los ataca-